La economía del trabajo líquido
Garantizar los fundamentos de la vida, compartir el trabajo necesario para sostenerla y recuperar nuestro tiempo
¿Qué es el concepto de Economía Laboral Líquida?
Esta diferencia importa porque una economía puede reconocer la libertad sobre el papel y, al mismo tiempo, hacer que ejercerla resulte dolorosamente costoso. Una persona puede tener el derecho legal de rechazar un contrato y, aun así, no disponer de ninguna alternativa tolerable a aceptarlo. El acuerdo sigue siendo un acuerdo, pero el desequilibrio en el poder de negociación debe formar parte de nuestra comprensión de lo sucedido.
¿Cuánto de lo que llamamos voluntad es realmente voluntad? ¿Cuánto es el precio de no tener otra salida?
La economía del trabajo líquido comienza con esta pregunta. Propone una relación distinta entre seguridad, contribución, intercambio y tiempo: una base de vida fiable que no deba ganarse una y otra vez, junto con formas de organizar y remunerar el trabajo que la sostiene.
Esta es una dirección que investigar, no la afirmación de que ya se haya puesto a prueba toda una economía alternativa. Su propósito es concretar una posibilidad exigente lo suficiente como para examinarla: ¿podemos organizar el trabajo necesario sin convertir la amenaza de la indigencia en nuestra herramienta de contratación más fiable?
Aquí, «líquido» describe la circulación de los recursos y la posibilidad de que las personas cambien el rumbo de sus vidas. Nunca debe convertirse en otro nombre para trabajadores a quienes se exige ser indefinidamente flexibles, reemplazables y disponibles.
La libertad que hay en una negativa
Una base material fiable podría cambiar mucho más que los ingresos de un hogar. Podría transformar la conversación entre un empleador y un empleado.
Quien puede abandonar un lugar de trabajo inseguro sin perder de inmediato el acceso a las necesidades básicas tiene una posición negociadora más fuerte. Quien conserva su atención médica al cambiar de empleo puede plantearse un trabajo acorde con sus capacidades. Quien puede permitirse un periodo de formación para cambiar de profesión puede responder al cambio tecnológico con algo más que pánico.
La variable importante es la calidad de la alternativa de la que dispone una persona (opción externa). La libertad crece cuando decir que no deja de poner en peligro la propia subsistencia.
Esto no eliminaría las diferencias de capacidades, las desigualdades de influencia ni todas las decisiones desagradables. Tampoco significa que todo empleo actual sea coercitivo por definición. Muchas personas encuentran en su trabajo relaciones significativas, un propósito y una remuneración justa. La cuestión se refiere a las condiciones en las que se ofrecen esos beneficios y al margen de actuación disponible cuando no existen.
Si una empresa solo puede funcionar mientras sus trabajadores no puedan permitirse marcharse, ¿qué es exactamente lo que la hace viable?
Una protección básica más sólida pondría de manifiesto esa pregunta. Algunos empleadores responderían con una mejor organización, condiciones más seguras, una remuneración más alta o un trabajo realmente atractivo. Algunas actividades podrían encarecerse. Otras podrían dejar de merecer la pena en su forma actual.
Estas consecuencias exigirían criterio práctico. La supervivencia de todos los modelos de negocio existentes no puede ser la medida definitiva para decidir si las personas merecen mayor seguridad.
Una garantía debe existir más allá de la promesa
Esa base incluiría el acceso a una vivienda adecuada, una alimentación nutritiva, atención sanitaria esencial y los servicios básicos necesarios para participar en la sociedad. Serían derechos vinculados al hecho de ser una persona, independientes de la aprobación de un empleador, de una puntuación de contribución o del acuerdo con el gobierno.
Su provisión podría combinar servicios públicos, apoyo a los ingresos, cooperativas, proveedores regulados y otras fórmulas adaptadas a las condiciones locales. Una única forma institucional no tiene por qué responder a todas las necesidades. Pero el resultado debe ser fiable, accesible y digno.
Un derecho meramente nominal a la vivienda significa poco si el único alojamiento disponible es inseguro o está a una distancia inaceptable de los cuidados, la educación y la comunidad. Una garantía sanitaria no puede medirse únicamente por la existencia de una tarjeta de acceso.
Detrás de cada cuenta financiera también hay una cuenta material. La vivienda requiere suelo, materiales, mantenimiento y trabajo cualificado. La atención sanitaria requiere profesionales formados, equipos, medicamentos y tiempo. La alimentación requiere una producción y una distribución funcionales dentro de los límites ecológicos.
Hacer que algo sea gratuito en el momento de utilizarlo no hace que producirlo carezca de costes.
La financiación podría proceder de los impuestos, de rendimientos compartidos de activos públicos, de los ingresos de recursos naturales allí donde existan y de la reasignación del gasto actual. Cada propuesta seguiría necesitando un presupuesto real, una evaluación de sus efectos distributivos y un plan para ampliar la oferta. Enumerar posibles fuentes de ingresos no demuestra que sean suficientes.
Donde escasea la vivienda, aumentar únicamente el poder adquisitivo puede intensificar la competencia por las mismas viviendas. Donde falta personal sanitario, un presupuesto mayor no produce de inmediato una nueva generación de profesionales formados.
Por tanto, la garantía debe desarrollarse mediante compromisos financiados, capacidad de prestación y estándares exigibles. La escasez sigue siendo un problema que debe gestionarse con honestidad. No debería convertirse en una excusa permanente para negarse a mejorar la seguridad de nadie.
¿Seguirían contribuyendo las personas?
Esta objeción merece una respuesta más seria que el desprecio por la naturaleza humana o la confianza romántica en ella.
Las personas trabajan por unos ingresos, pero también por el dominio de una habilidad, el reconocimiento, la compañía, la responsabilidad, la curiosidad y la sensación de ser útiles. La importancia de cada motivo varía entre personas y a lo largo de una vida (motivación intrínseca y extrínseca). Eliminar una amenaza financiera no eliminaría todas las razones para actuar. Cambiaría el equilibrio entre ellas.
Existen datos relevantes, aunque no validan esta propuesta en su conjunto.
La Evaluation of the Finnish Basic Income Experiment estudió un pago incondicional a un grupo seleccionado de personas que habían estado recibiendo prestaciones por desempleo. Entre sus resultados figuraban efectos limitados sobre el empleo y un mayor bienestar declarado en varios indicadores. Las entrevistas también describieron una mayor autonomía y más oportunidades de participación social.
Ese experimento no fue una garantía universal de servicios básicos ni una prueba de una economía completamente distinta. Su población, su duración y su contexto institucional limitan lo que puede inferirse. Aun así, nos da motivos para cuestionar la suposición simplista de que reducir las condiciones debe provocar una retirada generalizada de las actividades útiles.
Probablemente, algunas personas trabajarían menos horas remuneradas con una garantía más sólida. El significado de ese cambio dependería de lo que ocurriera después.
Un progenitor que dedica más tiempo a cuidar a su hijo, un trabajador agotado que se recupera y una persona que se desentiende de toda responsabilidad compartida son casos diferentes. Una reducción del empleo registrado no puede, por sí sola, decirnos cuál de ellos se ha producido.
La consideración inversa también importa. Una mayor libertad no genera automáticamente creatividad, generosidad o propósito. Algunas personas necesitan apoyo, estructura, tratamiento, educación o una comunidad en la que su contribución se vuelva posible.
Una propuesta económica debería tener en cuenta esta diversidad. No debería exigir que todo el mundo se convierta en una persona más admirable antes de que alguien pueda vivir con seguridad.
El trabajo necesario tiene que seguir haciéndose
La prueba más exigente no consiste en saber si las personas pintarían, estudiarían o cultivarían un jardín. Consiste en saber si se mantendría la red de agua, si se cuidaría a las personas dependientes y si las averías peligrosas se repararían a horas inconvenientes.
Si una función esencial no atrae a suficientes personas, las primeras preguntas deberían referirse a sus condiciones. ¿Puede reducirse el peligro? ¿Puede mejorarse la dotación de personal? ¿Pueden eliminarse tareas innecesarias? ¿Puede aumentar la remuneración? ¿Puede facilitarse el acceso a la formación? ¿Puede compartirse la carga sin asignarla permanentemente a quienes tienen menos alternativas?
La automatización puede ayudar cuando sea eficaz y segura. No puede darse por existente cada vez que una propuesta se encuentra con una tarea desagradable.
Algunos trabajos seguirán siendo exigentes. Pueden ser necesarios una remuneración mayor, periodos de exposición más cortos, descanso suficiente, apoyo profesional y una influencia real sobre las condiciones laborales. Estas medidas requieren recursos. Los horarios más cortos exigen suficientes personas formadas y una continuidad adecuada del servicio; no pueden anunciarse al margen de ninguna de esas condiciones.
Si un servicio no esencial sigue siendo poco atractivo de prestar en condiciones dignas, la sociedad quizá tenga que consumirlo menos o pagar más por él. La comodidad tiene un coste de trabajo, aunque ese coste permanezca oculto para el cliente.
¿Seguiríamos exigiendo algo con la misma frecuencia si ya no pudiéramos adquirirlo gracias a la falta de alternativas de otra persona?
Una economía humana también debe reconocer la reciprocidad. Mantener una provisión compartida requiere la contribución de suficientes personas, respaldada por una fiscalidad legítima, instituciones competentes y condiciones de empleo justas. La seguridad no elimina las obligaciones. Cambia la forma en que las justificamos y evita que la dignidad básica se convierta en una recompensa que se retira cada vez que alguien no supera una prueba de productividad.
La hora humana
Cada hora de trabajo es una hora de la vida finita de alguien. Ese hecho merece un lugar más visible en la contabilidad económica.
La idea de una hora humana comienza ahí. Pide a la economía que recuerde el tiempo que hay detrás del servicio, incluida la preparación, la carga física, la responsabilidad y la recuperación.
Pero una hora no puede constituir una teoría completa del valor.
Un técnico experimentado puede resolver un problema rápidamente gracias a años de aprendizaje. Recompensar únicamente el tiempo transcurrido podría penalizar esa competencia. Una tarea innecesaria no se vuelve útil porque haya llevado mucho tiempo. También importan los materiales, las infraestructuras, los costes ambientales y la calidad del resultado.
La igualdad en dignidad humana no exige fingir que todas las tareas tienen requisitos idénticos. Una remuneración diferente puede justificarse por condiciones exigentes, capacidades escasas o responsabilidades que deben cumplirse de manera fiable. Esas diferencias deberían poder explicarse y cuestionarse.
Ningún algoritmo puede convertir estos juicios en una medición científica definitiva de lo que merece una persona.
En particular, un sistema no debería vigilar los cuerpos para determinar qué esfuerzo es moralmente suficiente. La frecuencia cardíaca, la actividad visible y otras señales medibles no pueden resolver de forma justa las cuestiones de contribución entre personas con distintas discapacidades, experiencias, condiciones de salud y tipos de trabajo.
¿Habríamos liberado realmente a las personas si su supervivencia dependiera de una máquina que decidiese si se habían esforzado lo suficiente?
La hora humana resulta más útil como recordatorio y como herramienta contable limitada. Se vuelve peligrosa cuando pretende medir al ser humano.
La contribución más allá de la nómina
Un progenitor que cuida a un hijo y un familiar que apoya a una persona mayor contribuyen a sostener vidas. Su aportación no desaparece porque no haya una factura de por medio.
Una economía que solo reconoce el trabajo remunerado confunde lo que registra con todo aquello que hace posible su actividad registrada (reproducción social). El propio empleo remunerado depende de que las personas estén alimentadas, apoyadas, educadas y cuidadas.
Por tanto, una propuesta seria debe incluir apoyo a quienes cuidan, servicios accesibles, posibilidades de respiro y protección frente a las desventajas financieras a largo plazo. También debe examinar quién realiza ese trabajo. Una reducción de las horas remuneradas puede seguir dejando a una persona con una carga total agotadora si las responsabilidades no remuneradas continúan distribuyéndose de manera desigual.
Sin embargo, reconocer una contribución no exige convertir cada acto de afecto en una transacción.
Debe haber espacio para unos cuidados que reciban apoyo sin ser puntuados continuamente, y para unas relaciones que no exijan llevar la cuenta de quién le debe qué a quién. De lo contrario, la medición económica podría extenderse precisamente a las partes de la vida que pretendía proteger.
El objetivo es hacer visibles las contribuciones esenciales y, al mismo tiempo, preservar espacios en los que las personas puedan dar sin convertirse en un servicio medible.
Créditos, circulación y el problema de la acumulación
Una red limitada de créditos de trabajo podría ayudar a las comunidades a intercambiar determinados servicios y a reconocer actividades útiles que reciben poco respaldo del mercado. Esa red necesitaría reglas claras sobre quién acepta los créditos, qué puede adquirirse con ellos, cómo se resuelven los conflictos y qué ocurre cuando los servicios prometidos no están disponibles.
No pueden crearse créditos sin tener en cuenta las obligaciones que representan. Un sistema de crédito mutuo debe registrar los saldos correspondientes. Un programa financiado con fondos públicos debe mantenerse dentro de su capacidad de financiación y de prestación. Una promesa de convertir créditos en moneda corriente requiere recursos para realizar esa conversión.
Llamar «hora» a una unidad no garantiza que alguien vaya a estar disponible para prestar esa hora cuando se necesite.
Otro instrumento posible sería un cargo por mantener determinados saldos, destinado a estimular su circulación (demurrage). La idea merece ser examinada, pero no debería someterse a un escrutinio menor simplemente porque su propósito suene humano.
Por ejemplo, un cargo del dos por ciento mensual reduciría un saldo intacto aproximadamente un veintiuno y medio por ciento en un año. Es una pérdida considerable. Aplicado sin cuidado, podría presionar a las personas para que hicieran gastos no deseados y castigar a quienes intentan prepararse para la incertidumbre.
Un trabajador que crea un fondo de emergencia no está haciendo lo mismo que un propietario que consolida su control sobre todo un mercado.
Cualquier experimento tendría que proteger la planificación cotidiana, las pensiones y las reservas razonables. También debería especificar si los cargos financian algo o reducen los saldos pendientes, en lugar de contar dos veces el mismo dinero. Las cuentas protegidas, las opciones de conversión y las exenciones crearían nuevas cuestiones de diseño y oportunidades de elusión.
Lo más importante es que una circulación monetaria más rápida no produce necesariamente una economía más justa.
La riqueza puede mantenerse en terrenos, viviendas, empresas, propiedad intelectual y control sobre infraestructuras esenciales. Una persona que deba pagar un cargo sobre su dinero puede limitarse a comprar activos que generen ingresos a partir de la dependencia de otras personas.
Una política contra la concentración no puede detenerse en la cartera.
La competencia, el acceso a la propiedad, las empresas cooperativas, la fiscalidad, la inversión pública y las restricciones a los abusos del poder de mercado seguirían siendo relevantes. El cargo por mantener saldos sería un instrumento opcional que probar en un entorno delimitado, nunca un sustituto de afrontar las instituciones a través de las cuales la riqueza se convierte en poder.
¿Quién recibe el tiempo que ahorra una máquina?
La automatización plantea una cuestión distributiva antes de producir un beneficio universal.
Imaginemos un proceso que antes requería cien horas de trabajo humano y ahora necesita sesenta. Son posibles varios resultados. La producción podría aumentar. Los precios podrían bajar. Los beneficios podrían crecer. Los trabajadores podrían perder su empleo. Su tiempo de trabajo podría reducirse sin que su seguridad se viera afectada. También podría producirse una combinación de estos resultados.
La tecnología no elige por sí sola la distribución.
La propiedad, los contratos, los mecanismos de negociación, la fiscalidad y las decisiones públicas influyen en quién recibe la ganancia. Una economía del trabajo líquido convertiría el tiempo devuelto a las personas en un objetivo explícito de las mejoras de productividad, junto con unos servicios fiables, la seguridad y la sostenibilidad ecológica.
Esto requiere instituciones que transmitan el beneficio: reducciones negociadas de la jornada, propiedad compartida, rendimientos públicos procedentes de activos productivos u otros mecanismos cuyos efectos puedan examinarse.
La inteligencia artificial puede ayudar a organizar horarios, hacer previsiones e identificar desperdicios. Sus recomendaciones siguen dependiendo de objetivos elegidos y de información imperfecta. Una asignación sumamente eficiente puede seguir siendo profundamente injusta si el objetivo que se optimiza excluye a las personas que soportan sus costes.
Los servicios esenciales deben contar con responsabilidad humana, procedimientos de corrección, protección de la privacidad y formas de seguir funcionando cuando fallen los sistemas digitales.
Nadie debería descubrir que su derecho a una existencia segura se ha convertido en una cuenta inaccesible.
La jerarquía que podría regresar
Una sociedad podría reducir la desigualdad financiera y, aun así, construir nuevas formas de exclusión.
Supongamos que los trabajos exigentes permiten acceder a experiencias excepcionales, oportunidades de aprendizaje prestigiosas o periodos de descanso más largos. Estas recompensas pueden ser atractivas, pero plantean una pregunta: ¿estamos ampliando la libertad o haciendo que una vida deseable dependa de una nueva clasificación?
El prestigio, los contactos, el acceso exclusivo y la influencia institucional pueden convertirse en formas de ventaja (cierre social). Incluso los privilegios intransferibles pueden ayudar a sus beneficiarios a acumular nuevas oportunidades.
Las personas cuya salud les impide desempeñar trabajos prestigiosos no deben convertirse en participantes de segunda categoría en una economía supuestamente humana. La seguridad básica encaja mal con el mensaje de que las partes más significativas de la vida pertenecen a quienes obtienen las puntuaciones más altas por su contribución.
Algunas recompensas adicionales pueden ser razonables. La vida cultural compartida, la educación, el descanso y las oportunidades de participación deben seguir siendo ampliamente accesibles. Cuando una oportunidad concreta sea realmente escasa, unos criterios transparentes de acceso, la rotación o un sorteo justo pueden ser, en ocasiones, preferibles a una prioridad permanente para una élite.
Tampoco debería convertirse la propia libertad en otra actuación obligatoria.
Una persona no tiene por qué dedicar el tiempo recuperado a componer música, fundar una empresa o mejorar la sociedad de manera públicamente visible. Puede que simplemente quiera una comida sin prisas, un paseo o una tarde sin obligaciones.
Si cada hora liberada tiene que demostrar su valor, ¿cuánta liberación se ha producido realmente?
Una transición capaz de aprender
La propuesta debería comenzar con lugares, servicios, presupuestos y compromisos concretos. Su avance tendría que depender de una capacidad demostrada, no de un calendario impresionante.
Consideremos un municipio hipotético que amplía la provisión de vivienda segura, los servicios de cuidado infantil y el acceso a la reconversión profesional. Un residente puede reducir un horario agotador mientras se prepara para otra ocupación. Un pequeño empleador tiene que mejorar un puesto que antes atraía a candidatos principalmente por necesidad. Serían cambios significativos sin esperar una transformación monetaria completa.
Ahora imaginemos que ese mismo municipio se enfrenta a una escasez de personal de mantenimiento.
Esa dificultad debe formar parte del ejemplo. La respuesta puede requerir una remuneración mayor, formación adicional, mejores equipos o una expansión más lenta en otros ámbitos. Si, en cambio, la respuesta se convierte en la amenaza de retirar la alimentación o la vivienda a quien rechace el puesto vacante, el principio central ya se habrá abandonado.
Por tanto, la evaluación debe examinar algo más que el número de créditos emitidos o la velocidad de su circulación. ¿Disponen los servicios esenciales de suficiente personal? ¿Está aumentando el coste de la vivienda más deprisa que la oferta? ¿Pueden las personas abandonar trabajos perjudiciales? ¿Se ha limitado el trabajo no remunerado a pasar a otro miembro del hogar? ¿Son financieramente sostenibles los proveedores? ¿Están ganando los residentes tiempo del que realmente pueden disponer?
La privacidad también importa aquí. Comprender los resultados agregados no exige registrar cada hora de la vida de un individuo.
Los proyectos piloto pueden probar mecanismos de remuneración, formas de prestar servicios o reformas del tiempo de trabajo. Sus límites y su duración deben estar claros. Un experimento temporal nunca debe presentarse a sus participantes como una seguridad de por vida.
Las revisiones deben responder a las pruebas, incluidas las incómodas. Una propuesta preocupada por la libertad humana debe dejar a las personas más libertad para cuestionar la propia propuesta.
Ninguna libertad construida sobre el agotamiento ajeno
Hay otra prueba que un éxito local podría ocultar.
Una comunidad próspera podría disfrutar de jornadas más cortas mientras importa bienes fabricados en condiciones peligrosas en otros lugares. Sus habitantes podrían ganar tiempo porque trabajadores lejanos siguen absorbiendo la presión.
Eso redistribuiría la visibilidad de la explotación, pero no la resolvería.
Una transición creíble debe examinar las cadenas de suministro, la extracción de recursos, las condiciones laborales y los costes ambientales más allá de sus propias fronteras (externalización de costes). Las distintas regiones tienen capacidades, deudas e infraestructuras diferentes. Una dirección equitativa exige prestar atención a esas diferencias, en vez de suponer que todas las sociedades pueden financiar las mismas garantías con los mismos medios.
La pregunta no es solo cuánta libertad crea un modelo para sus miembros. También es el trabajo y la vulnerabilidad de quiénes hacen posible esa libertad.
Lo que una economía debería hacer posible
La economía del trabajo líquido no exige creer que la escasez desaparecerá, que todo el mundo contribuirá por igual o que la tecnología resolverá la cuestión de la justicia.
Comienza con un juicio: el acceso continuado de una persona a los fundamentos de la vida no debería depender de seguir siendo suficientemente rentable para otra.
De ese juicio se derivan responsabilidades difíciles. El trabajo esencial debe sostenerse. Los recursos deben contabilizarse. Los incentivos deben examinarse. El poder concentrado debe limitarse. Las instituciones deben seguir rindiendo cuentas ante las personas cuyas vidas dependen de ellas.
La propuesta solo justifica su relevancia en la medida en que ayuda a cumplir esas responsabilidades mientras amplía las opciones reales.
Una economía siempre organizará exigencias sobre el tiempo de las personas. También debería juzgarse por cuánto tiempo les permite vivir como propio.
¿Puedes rechazar una condición degradante sin perder el suelo bajo tus pies? ¿Puedes cuidar a alguien sin volver precario tu propio futuro? ¿Puedes cambiar de dirección antes de que el agotamiento decida por ti? ¿Puede una sociedad reconocer tu contribución sin tratar tu existencia como una deuda que debes devolver continuamente?
Esas preguntas marcan la dirección.
El propósito de garantizar la vida es permitir que las personas la vivan.