Inocencia

Primero el beneficio, obviamente

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¿Cómo eluden las potencias la responsabilidad de las crisis de refugiados que provocan?

Me encantaría llamar “política estratégica” a lo que está haciendo el País A, pero seamos honestos: se parece mucho más a esto—**encender el fuego, y luego negar la entrada a las personas que huyen del humo.** Y lo mejor es lo bien que se presenta. Sin parpadear, sin dudar, solo la palabra sagrada “seguridad” puesta sobre la mesa como un permiso mágico que excusa todo.

Porque cuando el País A fabrica armas y canaliza dinero o armas—directa o indirectamente—a grupos radicales dentro del País B, de repente es “comercio,” “interés nacional,” “industria de defensa,” “equilibrio geopolítico.” Muy elegante. Muy profesional. Pero cuando esas mismas vías ayudan a desestabilizar al País B, cuando las calles se llenan de miedo y fragmentación, y la gente común huye sin unirse jamás a ningún grupo radical, entramos en un universo completamente diferente: “No los queremos aquí.”

Una lógica impecable, en verdad. En el sistema contable mental del País A, las categorías están claramente separadas: la venta de armas es *nuestra economía*, el conflicto interno es *su problema*, los refugiados son *nuestra molestia*. Esta división es uno de los trucos más pulidos de la diplomacia moderna: **reclamar la ganancia, negar las consecuencias.** Porque la ola de refugiados no cayó del cielo. La gente no se va porque se aburrió y decidió viajar. Cuando los grupos radicales se expanden, la vida civil colapsa y la supervivencia se vuelve una apuesta diaria, la migración no es “una elección,” es la única opción que queda. No hace falta un doctorado para trazar la cadena: **armas + inestabilidad = desplazamiento.** Simple.

Pero la absurdidad no termina ahí. La verdadera obra maestra es cómo el País A a veces intenta limpiarse las manos manchando a las víctimas. Llegan refugiados—civiles comunes que escaparon de los mismos radicales que convirtieron sus vidas en ruinas—y de repente los tratan como si *ellos fueran* los radicales. Un atajo retórico limpio: ayudar a avivar el fuego, luego señalar las llamas y decir, “Lo siento, peligro de incendio, no podemos dejar entrar a nadie.” Eso no es política de seguridad. Es evasión de responsabilidad disfrazada de seguridad.

Y aquí está la línea ética clara: las personas que llegan no son los perpetradores. Son el **daño.** Son los civiles atrapados bajo el colapso. Sin embargo, son castigados dos veces—primero por la violencia que hizo inhabitable su hogar, y luego por el rechazo que los trata como sospechosos por defecto. Mientras tanto, el País A aún encuentra tiempo para recitar “valores humanos” en reuniones internacionales, porque la estética del sistema importa: **las causas deben ser invisibles, las consecuencias visibles.** ¿Qué es visible? La gente en las fronteras. ¿Qué es invisible? Las redes de intereses, financiamiento y armas que convirtieron las fronteras en el último recurso.

Para leer esto correctamente, solo necesitas una frase: **la ganancia se concentra en el centro, la destrucción se extiende a los bordes.** El País A hace crecer su economía de defensa, vende “estabilidad” como eslogan mientras exporta caos controlado en la práctica, observa cómo el País B se desmorona, y luego etiqueta a los sobrevivientes como “indeseables.” Se vuelve un ciclo perfecto: producir, vender, observar, negar. Actor en las causas, espectador en los resultados.

Por eso llamar a esto un “problema de refugiados” ya es una distorsión. Esto es un **problema de responsabilidad.** Y en el centro está la frase favorita del País A para limpiarse: “Solo estamos haciendo negocios.” No. No solo están haciendo negocios. **Están produciendo consecuencias.** Si ayudan a crear las condiciones que rompen un país desde dentro, entonces las personas obligadas a escapar de ese colapso no son invitados sorpresa. Son un resultado del sistema que ayudaron a crear.

La conciencia comienza exactamente aquí: “¿Por qué vienen?” es una pregunta incompleta. La pregunta real es: **“¿Por qué fueron forzados a venir—y quién ayudó a hacer eso inevitable?”** Porque la justicia no empieza mirando a la persona en la puerta. Empieza viendo la máquina que hizo necesaria la puerta. Y la absurdidad del País A es simple una vez que la cadena se vuelve visible: solo parece “razonable” mientras la responsabilidad pueda ser externalizada. Cuando la cadena se expone, la verdad es inevitable: **si tuviste una mano en el fuego, también tienes una mano en la huida.**

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